Artículo
La vanguardia payasesca de la nueva derecha
Individualismo estético
Por: Lucas Rubinich, Jonadibujos
¿Qué son las "nuevas derechas" sudamericanas? ¿Qué quieren? ¿De qué se trata este fenómeno? Hacer estas preguntas parece ser necesario si tenemos en cuenta que estas visiones del mundo, que transitan los salones del mundo tecnocrático y los pasillos del poder económico internacional, no tienen prejuicios con los comportamientos antidemocráticos y la realización de la libertad económica a cómo sea. Esbozos para entender cuáles son los elementos que conforman estas experiencias y cómo empatizan con la sociedad.
julio 10, 2023

Desde hace un tiempo surgen, desde distintos espacios con voz pública en la sociedad, una serie de interrogantes sobre el despertar de las derechas en la región. Algunos de ellos llevan implícito respuestas, otros simplemente manifiestan desconcierto. Sin embargo, todos, aunque confusamente, tratan de entender cuáles son los elementos que conforman estas experiencias y por qué logran empatías en porciones importantes de la sociedad:

  1. ¿Son la manifestación de una derecha arcaica que puede adquirir formas orgánicas y que se expresará en políticas concretas, logrando empatía con elementos autoritarios presentes de manera extendida en la sociedad que ante esta interpelación se vitalizan?
  2. ¿Son confusas expectativas de orden en una sociedad con violencias cotidianas que se difuminan como sentido común en distintos sectores sociales?
  3. ¿Es solo la expresión cruda del desprestigio generalizado de la clase política producido por las luchas que agujerearon su relativa autonomía?

Lo que se sostiene en estas notas es que estas expresiones -calificadas rápidamente sin desagregar sus sentidos como ultraderecha y a veces como protofacismo- son formas que, sin lugar a dudas, transformadas en políticas, pueden afectar negativamente a grandes sectores de la población bloqueando la posibilidad de acceder a derechos y dejándolos desprotegidos frente a la violencia estatal. Sucede que, no solo inhiben, sino que son apenas peones subordinados en el diseño del tablero que habilita la continuidad de líneas económicas de relación subordinada al mercado mundial, como las que alientan las corporaciones multinacionales, la política formal e informal de EEUU y los sectores de la economía predominante llamado ortodoxos.

Estéticas

La estética que el gusto liberal clásico calificaría como grosera, tanto en las gestualidades como en las maneras de hablar y en la misma vestimenta decididamente vulgar, sensacionalista al estilo de los talk show televisivos y reivindicadora grosera de dictadores brutales, puede permitir imaginar que existe alguna diferencia («disruptiva», arriesgarán algunos analistas) con el clima predominante de la cultura del capital financiero y no una expresión meramente subordinada como efectivamente resulta ser. Porque es verdad tanto que un CEO de corporación multinacional puede eventualmente referirse a la democracia en abstracto como un régimen aceptable, como que ellos son portadores de palabras y gestos menos brutales que sus subordinados políticos. 

Por supuesto, leen y escriben en la lengua internacional de los negocios, tienen familiaridad y saben moverse en espacios sociales en los que no se puede y no se debe mostrar groseramente la necesaria dureza que la cultura del capital financiero ha incorporado como fundamental para la sobrevivencia en la guerra de todos contra todos. Así pueden convivir con naturalidad con aspectos de los ganadores, algo que sus subordinados políticos pueden denigrar: claramente no hay problemas fuertes con la condición racial, sexual, con el derecho al aborto, o con el consumo de drogas de los ganadores del mundo financiero. Basta con que sean ganadores.

No hay dudas de que esas diferencias estéticas pueden encontrarse, por ejemplo, entre el ambicioso capitán y expresidente de Brasil, Jair Mesías Bolsonaro -paracaidista del ejército que había experimentado su vocación de liderazgo intentando instalar actos de protesta por mejores salarios entre sus camaradas-, y su ministro de Economía, Paulo Guedes. Este último, aunque de un origen social similar al de Bolsonaro, tiene una posición cultural distinta gracias a su recorrido académico. Veamos: obtiene el doctorado en economía en 1978 en la Universidad de Chicago y en 1980 llega al Chile de Pinochet para ver de cerca los cambios que estaban operando en ese país los Chicago Boy’s. Allí fue profesor full time de la Universidad de Chile. No estuvo afiliado a ningún partido político, pero es portador seguro de una visión del mundo y creyente de una teoría económica que se piensa así misma como descripción científica de lo real. Esa adscripción lo hace parte de una red internacional que, en la década de los noventa del siglo XX, comenzaría un proceso de crecimiento político cultural relevante hasta transformarse en un discurso fuerte. Y, por supuesto, puede hablar bien de la democracia y no en abstracto, sino de la democracia de la concertación chilena. Sus modales pueden ser mesurados, como los de un tecnócrata internacional, aunque sin las obligaciones culturales que se imponían a los miembros de las elites liberales de los años 30.

En tanto, en el caso argentino, estos dos tipos ideales se funden en uno: el economista Javier Milei. Es alguien que no posee el recorrido académico y la experiencia internacional de Paulo Guedes. Ocupa una jerarquía menor en sus ámbitos en su propio país. Sin embargo, sí cuenta con experiencia en las oficinas del poder económico nacional, donde -es importante marcarlo- se enlazan la cultura del capital financiero con la picaresca de la «patria contratista». Allí desempeñó posiciones profesionales calificadas. A esta zona de su experiencia, de algún modo homologable a la de Guedes, le incorpora naturalmente, quizás como producto de la cultura igualitaria argentina, su estética de muchacho de barrio. Una sobreactuación en empatía con la estética de los programas televisivos que, a diestra y siniestra, valorizan las formas groseras como elemento fundamental de un sensacionalismo obsecuente con diversos poderes. Es el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, solo que posee un poco menos de status profesional social que Guedes, y no cuenta, por ahora, con el sustento de poder real que conforta al Mr. Hyde brasileño.

Individualismo pragmático

Pero la cuestión a considerar aquí es que estas visiones del mundo, que transitan los salones del mundo tecnocrático y los pasillos del poder económico internacional, no tienen prejuicios con los comportamientos antidemocráticos como los podría tener un universitario republicano liberal que soñaba sueños no realizables, pero que podía indignarse con concretas formas estéticas que le desacomodaban el ideal. Porque la sociedad abierta es cualquiera que habilite su concepción de libertad económica, cuyo modelo fundacional es el del Chile de Pinochet. Y los enemigos de esa sociedad en clave de Von Hayek serán todas aquellas formas organizativas, todas las instituciones limitadoras de la creatividad individual (económica) que expresan formas de solidaridad que no sean las motivadas por el impulso individual.

El resultado es un programa científico de conocimiento que, tal como dice el sociólogo Pierre Bourdieu, se transformó en programa político de acción, es decir, en un programa de destrucción metódica de los colectivos, ya que la economía neoclásica solo quiere saber de individuos. El núcleo central de esta perspectiva es el individualismo pragmático, la realización de la libertad económica a cómo sea. El opositor a esta mirada- que para estas visiones del mundo es la forma “natural” de organización, desde la economía, del conjunto de la sociedad-, no es un adversario, sino un enemigo. El mundo es de los ganadores, y los perdedores que quedan en una zanja al costado del camino pagan crudamente lo que fue su propia falta de destreza y/o de voluntad en la lucha por la vida. Claramente, el individuo pragmático no es el ciudadano liberal que, al decir de Tocqueville, se realiza si se realiza la ciudad.

Y esta es una mirada predominante que bajo la forma de sensibilidades, de sentidos prácticos, se encuentra de distintas maneras en franjas diversas del electorado como aceptación ante la caída de alternativas, como rechazo a quienes los dejaron solos y por creencia en la responsabilidad individual en la lucha por la vida. Está en el trabajador informal, que asume la cultura del emprendedor popular que idealizaba Hernando De soto en su libro de 1986 El otro sendero; en el desocupado que no termina de empatizar con la oferta política del grupo que efectivamente lo contiene alimentariamente; en los pequeños comerciantes y pequeños empresarios abandonados por quienes le daban alguna identidad política; en las estructuras laborales fragmentarias generadoras de autoexplotación y en el deterioro y/o transformación de lo que en Argentina fueron los poderosos sistemas de educación y salud.

Democracias de mercado

Sostener que el par “libre mercado-democracia liberal” se encuentra indudablemente ligado entre sí, sin lugar a dudas, tiene fuerza cultural. Pero como es evidente en sus comportamientos en distintos países del tercer mundo, las corporaciones internacionales, y la cultura del capital financiero en la que se sostienen y alientan, no tienen otro compromiso que la maximización de las ganancias. Los aspectos institucionales de repúblicas bajo su capacidad de dominio, pueden, en muchas ocasiones, convertirse en obstáculos. Y no hay pruritos culturales o ideológicos que impidan sortearlos. 

En algún sentido, la situación es compatible con lo que Fukuyama nombra como período posthistórico: “La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la lucha ideológica a escala mundial que exigía audacia, coraje, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos…”. En su perspectiva, no obstante, la democracia liberal fluiría naturalmente en este clima, pero si se tira el hilo de la argumentación no hay que hacer mucho esfuerzo para entender que esta no será ya una bandera. O, por lo menos, una bandera trascendente.

Es que la democracia comenzó a convertirse en un problema de «sobrecarga de demandas», como sintetizó el magnate David Rockefeller. Y allí, entonces, las evaluaciones acerca de cómo mantener un orden político en el marco de un orden económico que corrigiera esa sobrecarga, con su retroceso en materia de derechos sociales y políticos que no solo se habían extendido, sino que en los años setenta parecían continuar su movimiento en una curva ascendente. Las fuerzas políticas diversas (izquierdas, socialdemocracias, populismos) que generaban esa sobrecarga de demandas habían construido, de acuerdo a los analistas ligados a las potencias occidentales,  “ciudadanos codiciosos e irreflexivos”. Las nociones de gobernabilidad e ingobernabilidad serán entonces categorías centrales en el accionar de los que se convertirían más orgánicamente en grupos de poder internacional.

No hay en esta perspectiva, que en los años 90 se transformará en predominante, una filosofía política que esté preocupada por cuestiones ligadas a aspectos comunitarios inclusivos como garantía de crecimiento económico. Todo lo contrario. Lo que hay es una teoría económica deshistorizada que piensa el mundo a partir de modelos matemáticos. El encuentro real entre la escuela de Chicago y la filosofía de Von Hayek imagina la libertad económica como libertad superior, y no hay inhibiciones ideológico-culturales para utilizar diverso tipo de recursos si se trata de derribar los obstáculos que la impidan.

Tela raída

La situación paradójica que resulta de estos hechos es que esta organización económica, que en términos políticos coloca como actor central a las corporaciones multinacionales y al individuo, y en un lugar cada vez más secundario al Estado nacional y al ciudadano, y que, a su vez, trabaja contra las instituciones consideradas del viejo orden (partidos políticos fuertes, sindicatos e instituciones públicas), está considerando a la misma democracia republicana como una institución del viejo orden.

Y las fuerzas que participan del juego democrático, y que confrontan con las formas más radicales de sujeción de las instituciones a los mercados, están actuando a la defensiva respaldándose en esas instituciones y sin contar con el apoyo más que circunstancial de los espacios más dinámicos de poder cuyo horizonte vital es la libertad absoluta de los mercados. Por otro lado, en esas experiencias que intentan limitar la libertad de los mercados no se cuenta, en principio, con sectores empresariales con fuerza y voluntad política para confrontar con corporaciones multinacionales y aliados locales, ni tampoco con formas intensas de organización popular que permitan relaciones de fuerza capaces habilitar decisiones relativamente autónomas. 

Las banderas de la democracia liberal aparecen así levantadas sin entusiasmo trascendentes por los contendientes más significativos. Es una tela raída, desteñida, que está allí flameando débilmente y no hay a primera vista portaestandartes heroicos que prometan vivificarla y llevarla hacia alguna mítica victoria. Las maneras en que las corporaciones portadoras de la cultura del capital financiero se hacen cargo de ella, marcan un camino hacia el debilitamiento extremo que puede convertirla en una parodia de la idea de representación.

Por todo esto, la cultura del capital financiero, enlazada productivamente en Argentina con la picaresca de la patria contratista, es una mirada predominante. Presente, aunque en verdad de distintas maneras, en las asociaciones políticas con capital electoral. Es cierto que en aquellos que se perciben como parte del clima cultural triunfante, la posibilidad de hacer explícito el conjunto de su programa de destrucción metódica de los colectivos afectaría, en una sociedad como la argentina con una historia de inclusión, su capital electoral. Por eso, se trabaja pragmáticamente en coaliciones con sectores de partidos que tuvieron propuestas de sociedad inclusiva y, a la vez, haciendo leña del árbol caído, que son las debilitadas asociaciones políticas cuya identidad está ligada muy explícitamente a propuestas inclusivas de sociedad.

En ese caso, la moderación que las deteriora se relaciona con que creen en la inevitabilidad del orden imperante ejemplificados en la realización de programas neoliberales por parte de las viejas socialdemocracias europeas. Su tarea, en el mejor de los casos, es lograr emparchar el orden predominante para no perder capital electoral. Entonces, quienes tienen el lugar histórico de oponerse al clima predominante portan retóricas inclusivas y prácticas excluyentes. Dejan solos a gran parte de su electorado en medio de distintas formas de deterioro social, económico y cultural. Zonas de ambigüedad en ambos sectores que genera desconcierto en sus heterogéneas franjas de potenciales votantes. Y es, entonces, que habilitan el discurso seguro, contundente en términos retóricos, de lo que es, en consonancia con la estética sensacionalista del espacio televisivo, una vanguardia payasesca del clima predominante.

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