La operación cultural Malvinas
De los “chicos de la guerra” a “los pibes que jamás olvidaré”
Por: Matías Farías, Damián Lluvero
¿Qué cifra de nuestra vida colectiva se pone en juego en el Día de los Caídos y Veteranos de la Guerra de Malvinas? Entre el “Galtieri, borracho, mataste a los muchachos” entonado en Plaza de Mayo en junio de 1982 y “los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, verso clave en los días de Qatar 2022, esta nota repasa el camino no lineal por el cual el pueblo argentino, tras el anonadamiento inicial y desde los márgenes hacia el centro, rescató de la desmemoria a los soldados de Malvinas.

La “generación Malvinas”

Podemos comenzar esta historia evocando aquel 15 de junio de 1982, cuando Galtieri anunció el retiro de tropas argentinas en Malvinas. La derrota era inocultable y también la decepción social expresada en cientos de argentinos que, antes de ser ferozmente reprimidos, cantaron en Plaza de Mayo: “Galtieri, borracho, mataste a los muchachos”. El canto popular denunciaba la matriz sacrificial de la última dictadura pero también exhibía el anonadamiento colectivo tras una derrota no esperada. Las Malvinas, investidas como símbolo nacional y “causa justa de los argentinos” en una historia que hundía sus raíces en el siglo XIX, aparecían así asociadas con una ocurrencia nefasta de una mente embriagada.

En De chicos a Veteranos: memorias argentinas de la guerra de Malvinas, la antropóloga Rosana Guber señaló la condición “liminar” de los soldados de Malvinas en la inmediata posguerra. Sencillamente, la sociedad argentina no sabía dónde ubicarlos y ello tendría efectos devastadores para los combatientes durante aquellos años. El destrato comenzó por el propio Ejército, cuando retuvo a muchos de ellos por semanas en los cuarteles, haciéndoles firmar un documento que los comprometía a no decir nada de su experiencia en las islas. Ese proceder, acorde con el de una dictadura que probó todos los métodos de ocultamiento de sus crímenes, colocaba a los combatientes en el lugar de aquello que no debía exhibirse, construyendo así una figura insólitamente vergonzante y culpabilizadora sobre quienes habían entregado todo en las islas.

Ya en el continente, los soldados conscriptos que habían peleado en las islas se encontraban, en la abrumadora mayoría de los casos, sin trabajo, eran descuidados por el sistema de salud y tenían serios problemas de ingresos (la primera pensión nacional recién la percibieron a inicios de los años noventa). Los suicidios se multiplicaron en ese período y aún hoy no hay registros oficiales que den cuenta de esta tragedia. A esta dramática situación se sumaba que debían sujetarse a la legislación que impedía en aquel momento a menores de 21 años abrir una cuenta bancaria, tener una propiedad o casarse sin la autorización de un mayor. El Estado los había enviado a una guerra, pero no los reconocía como agentes para llevar adelante una vida civil autónoma.

En medio del consenso anti dictatorial de los años ochenta, los soldados quedaron predominantemente asociados con la imagen de jóvenes sufrientes, los “chicos de la guerra” como tituló la película homónima del gran libro de entrevistas de Kon, en saga con los jóvenes desaparecidos. No era bajo estos términos que los combatientes pretendían ser socialmente reconocidos. En una larga lucha iniciada en los años ochenta, “las guerras después de la guerra” como ellos mismos las designaron, se organizaron como sujetos políticos y ocuparon el espacio público planteando sus demandas no como “chicos de la guerra”, sino como la “generación Malvinas”. Algunas organizaciones de combatientes se definieron representativas de los soldados conscriptos, para diferenciarse de cualquier identificación con las instituciones castrenses. Con vínculos con los organismos de derechos humanos, este sector exigía ser protagonista de la nueva experiencia democrática añadiendo la “Soberanía” a la demanda de “Memoria, Verdad y Justicia”. Otras organizaciones, en cambio, reivindicaban al combatiente como un “héroe” de una guerra antiimperialista, reuniendo a soldados, suboficiales y oficiales en esa designación, luego condensada en la figura del “Veterano de Guerra”. Para estas organizaciones, que incluían a familiares de caídos, la Guerra de Malvinas debía ser pensada como una “gesta” y los soldados, como sus verdaderos protagonistas, independientemente del contexto histórico en que se desarrolló el conflicto y, sobre todo, del accionar de los altos mandos militares, en general repudiados por su política de entrega del país o, de manera más circunscripta, por cómo ejercieron su conducción en la guerra.

Las condiciones de audibilidad de las demandas de los soldados resultaron, sin embargo, muy complejas en los años de la transición democrática. En un campo político que comenzaba a ordenarse bajo el binomio autoritarismo/ democracia, y según el particular sello que a este binomio le había impreso el discurso con que Alfonsín había ganado en las elecciones de 1983, según el cual la diferencia entre la democracia y el autoritarismo era la misma que mediaba entre la vida y la muerte, toda alusión a Malvinas debía sortear un sentido común que la asociaba con la guerra y, por ende, con la muerte. Ello explica que, por esos años, la efeméride consagrada a Malvinas fuera el 10 de junio (en referencia a la creación de la Comandancia Político-Militar Malvinas en 1829) y no el 2 de abril, que se sumó al calendario oficial recién en el año 2001, para colocar así a los combatientes en el centro de esta conmemoración.

Aunque la guerra era parte de un pasado que se pretendía dejar atrás, retornaba con la violencia de lo reprimido. Basta con recordar el modo en que los líderes del movimiento “carapintada”, Aldo Rico y Mohamed Seineldín, legitimaron su alzamiento contra la democracia en base al prestigio que conservaban a los ojos de sus subordinados por sus actuaciones en la Guerra de Malvinas, prestigio incluso reconocido, en uno de sus tropiezos más evidentes, por el propio Presidente Alfonsín, quien en aquel célebre domingo de Pascua de 1987 disculpó la intentona de los alzados contra el orden civil al decir que, aunque equivocados, algunos de ellos habían sido “héroes” de Malvinas -la alusión a Aldo Rico era inequívoca. Este discurso, que se convertiría en un punto de inflexión en su gobierno, desairó a las organizaciones de soldados conscriptos que se habían movilizado junto a una verdadera multitud para defender la democracia.

En los años noventa, los vientos tampoco soplaban demasiado a favor de los combatientes. Algunas políticas reparatorias, como la sanción de la pensión nacional, la ley que los designaba como “héroes” (extendida incluso para quienes también habían participado en el aparato represivo de la dictadura, con el caso emblemático de Alfredo Astiz), o la conformación, en sede estatal, de la Comisión Nacional de Ex Combatientes de Malvinas, apenas contrapesó una política exterior de alineamiento acérrimo con el socio principal del Reino Unido en 1982, los Estados Unidos, y de acuerdos comerciales con los británicos dudosamente ventajosos, que incluían, de parte de la Cancillería Argentina, la generosa distribución de ositos Winnie Pooh entre los habitantes de Malvinas, a modo de obsequio y de prueba de amistad. Todo ello en el marco de una “política de la memoria” que apuntaba a la “conciliación” entre los argentinos, como sostenía Menem al anunciar la repatriación de los restos de Rosas, mientras apelaba a aquel verso de la Vuelta de Fierro que decía: “A veces, la mejor forma de recordar, es olvidar”.

Malvinas como contraseña de una nación contrahegemónica

A pesar de que este vector orientado en dirección al olvido parecía imponerse, de manera contrahegemónica se fueron construyendo otras memorias -y por ende otras formas de reconocimiento- para los soldados. Algunas de ellas impulsadas por los propios familiares y veteranos, quienes en virtud de un típico procedimiento de inversión transformaron el estigma en valor, como puede verse en Locos de la bandera (Julio Cardoso: 2005). En este documental, el mote que era efecto de una operación de marginalización por la vía de la “patologización” del combatiente de Malvinas, se transfigura en el rescate del combatiente como aquel que viene a recordarle a la sociedad -como dice una de las protagonistas del documental- que “no hay democracia sin nación”, lo cual significaba que, sin los motivos antiimperialistas y de liberación nacional evocados en el símbolo Malvinas, la democracia se convertía en una forma sin contenido.

Estos sentidos contrahegemónicos circularon con notable intensidad en espacios sociales donde la transgresión es considerada un valor. El rock, el punk y el metal nacional se convirtieron en este sentido en un campo experimental de estribillos y acordes con gran capacidad de interpelación a públicos juveniles que podían verse espejados en la marginalización sufrida por los combatientes, esa misma que distintas bandas denunciaban. Luego del predominio en los años ochenta de los motivos anti dictatoriales en las canciones alusivas a Malvinas (como en “Comunicado 166” de Violadores de la Ley o “El banquete” de Virus), hacia finales de los años noventa se publican dos temas muy distintos, pero que tenían en común postularse como canciones-manifiestos o grito de guerra generacional contra el paisaje del presente: “No quiero ir a la guerra”, de la banda punk Flema, en la que la distancia entre jóvenes y gobernantes se vuelve abismal (“No quiero ir a la guerra / no quiero que me maten / porque soy muy joven / para ser un cadáver”) y “El visitante” (canción para la película homónima dirigida por Javier Olivera), de la banda de metal Almafuerte, que apuntaba directamente contra el olvido social impuesto a los combatientes: “Fui elegido / para cantarte / por quienes quieren olvido restarte / grave pesado / más no inconsciente / yo te lo mando ex combatiente”. Otras bandas surgidas de las barriadas populares asumieron la tarea de explicarles a las nuevas generaciones qué significaba ser un ex combatiente, como ocurre en la canción de Apocalipsis (recuperada por Tren loco) “1982”, donde en un dueto singular que consigue captar matices que solían pasar desapercibidos incluso en los análisis académicos, se reúnen las diversas perspectivas de un soldado conscripto y un aviador para dejar un mensaje inequívoco para las nuevas generaciones: no olvidar a “los gloriosos combatientes en el sur / que comparten la locura y el dolor”. En medio de un paisaje social devastado y con la crisis social del 2001 todavía bien presente, la banda Callejeros, poco después alcanzada por la tragedia de Cromañón, encontraba en Malvinas un antecedente para explicar por qué la “patria” podía resultar tan esquiva a los jóvenes, allí cuando en “No volvieron más” su cantante, Patricio Fontanet, recordaba que “tu bandera te empezó a traicionar” en el momento mismo en que “nadie supo saltar por los sueños que se hundieron allá”. Por lo demás, y como puede comprobarse incluso con una ligera búsqueda en los archivos audiovisuales, las banderas argentinas con el sello de las Malvinas flamearon en los recitales de bandas asociadas al “rock barrial”, pero también de otras nacidas antes de los noventa. Enarbolar estas banderas significaba desde luego comprometerse con un inventario crítico del presente, pero a la vez recrear de manera transgresora un sentido de pertenencia a una nación que aunque desgarrada e injusta no dejaba sin embargo de ser considerada como propia por estas multitudes juveniles. En estos recitales, el obstinado rescate de los soldados de Malvinas se soldó con la exhibición de un orgullo por pertenecer a esta “nación contrahegemónica”, en la que los combatientes eran identificados con ciertos valores significativos para la experiencia vital de esos jóvenes: la entrega por el otro y por una “causa justa”, el aguante ante las adversidades y la disposición a la lucha en esas condiciones. Todo ello transmitido con el tono de voz y los acordes justos para recrear en el pogo alguna experiencia próxima a la fraternidad.

Pero fue sin dudas en la cultura futbolera donde se operó con más éxito el pasaje de las Malvinas como una “guerra absurda” a las Malvinas como una historia que aunque dolorosa permitía recrear la voluntad de ser parte de la historia nacional. Si bien al inicio de este proceso histórico el fútbol hizo su aporte para que la negación y disociación entre la sociedad y la realidad política alcance el paroxismo, allí cuando, hacia 1982, grandes audiencias nacionales siguieron por la pantalla la presentación del seleccionado en el Mundial de 1982 justo en el mismo momento en que se estaban librando en las cercanías de Puerto Argentino las batallas más encarnizadas, no menos cierto es que, con el Mundial de México 1986, se produjo un punto de inflexión en el modo de recordar la guerra. En efecto, lo que inicialmente significaba un dolor que no encontraba otra figura que la del absurdo para tramitarse, halló un canal de expresión que colocaba a “hombres comunes en condiciones de realizar una acción extraordinaria” -al decir de Julio Olarticoechea- en el centro de una nueva “épica civil” por la cual el conflicto bélico pudo desplazarse al terreno más apacible de un campo de juego, para oficiar así una doble reparación: el triunfo sobre los ingleses y la reivindicación de la memoria de los soldados. De este modo, millones de argentinos experimentaron con intensidad inusual el partido jugado el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca, cuando la selección nacional enfrentó a la inglesa y, en maravillosa actuación, el héroe de Villa Fiorito, Diego Armando Maradona, acompañado genialmente por un plantel y un cuerpo técnico que se pusieron a disposición de su genio para desplegar un fútbol total, superaron claramente en el juego a los ingleses con dos goles que, en un caso por la picardía y la trampa, en otro por su factura descomunal, quedaron sellados en la historia de los mundiales. Si aquella selección después de aquel día se ganó la adoración de las masas, es entre otros motivos porque a través de su juego resultó posible volver a conectar la “pasión nacional” con la “causa justa”. El resto lo hizo las no pocas marcas de Malvinas en la cultura futbolera nacional, que se dejaban oír en canciones que recuperaban los ecos del antiimperialismo (“el que no salta es un inglés”) o que reutilizaban la melodía de la Marcha de las Malvinas para pedir aguante a los jugadores en aras de conseguir el triunfo reparatorio por todos ansiado (“ponga huevo la Argentina / ponga huevo y corazón/ que está hinchada / se merece / se merece ser campeón).

La posibilidad de elaborar la guerra a partir de la construcción de una “épica civil” había sido sin embargo anticipada dos años antes desde los márgenes de los grandes centros urbanos, con el “Madrynazo”, cuando en septiembre de 1984 unas mil personas se movilizaron al grito de “pueblo, coraje, al yanqui dale raje” e impidieron que buques norteamericanos, en el marco del operativo TIAR, atraquen en el muelle Storni. Además del repudio al socio inglés en la guerra, lo que buscaba esa movilización era reivindicar a los soldados, a quienes los madrynenses no habían podido saludar dos años antes a causa de un operativo militar dedicado a impedirlo, cuando los combatientes hicieron una breve parada en la localidad al regresar de la guerra. Esa movilización, que dejó una marca perdurable en Puerto Madryn, fue experimentada, según coincidían los protagonistas, como un episodio local análogo a la resistencia civil contra las Invasiones Inglesas en 1806 y 1807. Como sea, lo que el “Madrynazo” demostraba es que era posible en un mismo movimiento desplazar el conflicto con el Reino Unido hacia un terreno no belicista, recuperar la memoria de los soldados y construir una acción política donde democracia y antiimperialismo no aparecieran divorciadas. La Copa del Mundo de 1986 exhibió esto mismo con un episodio de repercusión internacional.

La historia como fuente dadora de sentido

En la saga del madrynazo fue surgiendo -al principio de manera silenciosa- una acción colectiva, que luego se multiplicaría hasta alcanzar un despliegue capilar en todo el territorio Continental argentino, orientada a homenajear a los soldados caídos. Así, algunas de las calles, escuelas, plazas e incluso la señalética del tránsito de distintas ciudades del país fueron bautizadas con nombres alusivos a las islas y, sobre todo, a los soldados, quienes a su vez, según los distintos tiempos del trabajo del duelo, comenzaron lentamente a contar sus historias en las escuelas, a desfilar en plazas del país y a ser convocados por los medios de comunicación. El cine se hizo eco de este nuevo escenario, y a principios del siglo XXI, pudieron verse buenos documentales donde los soldados tomaban la palabra. El discurso estatal sobre Malvinas también viró en la primera década del siglo XXI, bajo la idea de que si la patria son los derechos (los derechos humanos, pero también los derechos soberanos), entonces los soldados tenían ganado su lugar en la historia. En los discursos emitidos por las máximas autoridades políticas, en las numerosas producciones de Canal Encuentro y otros materiales educativos, y hasta en el lugar que ocupó la evocación de los soldados en el número central de los festejos del Bicentenario pueden leerse los indicios de este viraje. No fue casual que en la propia ciudad de Madryn, cerca del monumento dedicado a los combatientes de Malvinas, Cristina Fernández de Kirchner haya dicho por primera vez un 2 de abril de 2013 que “luchar por la patria es también luchar por el otro”.

Cuatro décadas después de la Guerra de Malvinas, y tras años de recesión, crecimiento de la brecha entre ricos y pobres, intensificación de la conflictividad política y pandemia, los soldados volvieron a estar en el centro de un acontecimiento popular, una vez más de la mano del fútbol, como “los pibes que jamás olvidaré” mentados en “Muchachos”, el tema cantado repetidamente a capella a lo largo de todo el país en los días de Qatar 2022. Esos “pibes” eran y a la vez no eran los “muchachos” de aquel cántico de 1982 en el que las multitudes acusaban de asesino al “borracho” de Galtieri. Pues si por un lado seguían fijados en una eterna juventud que los sobrevivientes de la guerra, y los de las “guerras después de la guerra”, han dejado atrás hace tiempo, para erigir organizaciones de ex combatientes, ejercer la docencia, o ayudar a la comunidad en los momentos difíciles del Covid 19, por citar algunas de las tantísimas formas a través de las cuales se comprometieron con formas ampliadas de la soberanía popular, por otro lado, a diferencia de 1982, los “pibes de Malvinas” ya no son asociados con un acontecimiento “absurdo” sino que integran un panteón popular acompañados por el héroe vengador de 1986, Diego Armando Maradona y sus padres, la Tota y Don Diego, para desde allí conferir significación histórica al deseo colectivo de la tercera copa mundial. La ejemplaridad de esos nombres invocados en “Muchachos” parece apoyarse en el gesto desafiante ante las grandes potencias; pero también es un reconocimiento a quienes, a su modo, pusieron el cuerpo en la búsqueda de una ilusión colectiva en distintos momentos de la historia argentina reciente.

Esa ejemplaridad resultó así una obra de la inventiva popular para acompañar a una selección cuyo triunfo consagratorio se venía postergando de manera inexplicable, pero que había sido pacientemente buscado por un grupo de jugadores que desde la conducción de Sabella, según reconoció el propio Scaloni, comprendió que vestir la casaca nacional es una de las máximas aspiraciones que puede alcanzar un ciudadano de esta nación. En ese contexto, la historia ofrecía una nueva oportunidad para el anhelo colectivo, y después del Maracaná un nuevo estadio Azteca estaba sólo a un gol de distancia.

Fue así que tanto para el seleccionado nacional, como para los millones de argentinos que finalmente celebraron la obtención de la tercera copa mundial, quedó demostrado que la historia no es un lastre: marca las identidades colectivas, construye una lengua y una banda de sonido, convoca a multitudes en tiempos de individualismos y oficia de punto de encuentro entre las distintas generaciones. Al calor de los festejos en las calles, demostró también algo insospechado: que una democracia plebeya y festiva es todavía anhelada por las masas, a pesar de un contexto político que se mueve en dirección contraria.

En los “pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, verso que también acompañó, ya en 2023, la movilización de organizaciones sociales al Lago Escondido (en una acción surgida de la misma imaginación histórica que la que hizo posible a los “Cóndores” aterrizar en Malvinas en 1966), está entonces el reconocimiento popular por la enorme contribución de los soldados a ese sueño colectivo. No sin el anonadamiento inicial, y al principio desde los márgenes, el pueblo argentino fue al rescate de “los chicos de la guerra”. Comprendió que sus historias eran reveladoras de la de muchos: la historia de la marginalización de los jóvenes en Argentina, la historia de quienes queremos tener una bandera y pertenecer a esta nación doliente. Así se construyó una memoria popular de cuya fuerza histórica habría de surgir el aliento de las multitudes, en el momento en que era necesario empujar a los jugadores a conseguir una nueva Copa Mundial. El 2 de abril, entonces, conmemoramos el Día de los Caídos y Veteranos (y Veteranas) de la Guerra de las Malvinas, y justamente por ello evocamos un deseo extendido de reparación social, en un país cuyas tragedias, pero también sus utopías emancipatorias, se han anudado con las islas Malvinas.

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