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Militancia verde en los pueblos
Por: Enoe Moya
La militancia por el aborto legal, seguro y gratuito no se vive de igual manera en los pequeños pueblos. ¿Por qué subrayar esta obviedad? Porque el feminismo es una lucha de territorios donde la frontera son los límites sociales y el constante avasallamiento de nuestros espacios, nuestras cuerpas e inclusive nuestras capacidades de pensamiento y elección.
diciembre 9, 2020

Desde aquellas marchas del Ni Una Menos en 2015 al movimiento feminista actual, podemos tener un pantallazo general de lo mucho que han crecido los feminismos en Argentina. Pero ¿se vive igual la militancia en las grandes ciudades que en los pueblos?

Para responder esta pregunta es necesaria una retrospectiva. Tras una horrible seguidilla de femicidios en 2016, fue la muerte por abuso y violación en grupo de Lucía Pérez, acto de brutalidad y violencia extrema -que además expuso públicamente una vez más la violencia mediática y judicial en la que vivimos-, uno de los momentos que marcó la profunda sensibilización y solidarización con las causas feministas de base.

Si bien la fuerza feminista siempre existió en nuestro país, ese mismo año se le sumó la masiva concurrencia al Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, que despertando y avivando la empatía de muchísimas personas, sobre todo mujeres, jóvenes e identidades disidentes lo que abrió un sin fin de debates y planteos que una vez que comenzaron no frenaron más y siguen estando vigentes.

La que se dió en llamar “Cuarta Ola Feminista” empezó a visibilizarse cada vez mas en Argentina y el resto del mundo. Las redes nos permitieron la seguridad del discurso en la militancia virtual mientras compartíamos notas periodísticas, frases, textos con editoriales fabricadas por nosotras mismas, tejiendo alianzas con grupos de todas partes. Fue verdaderamente fácil encontrarnos adeptas a asumir la lucha como identidad política, ante la reivindicación de nuestros derechos, como ampliación de aquello que se nos adeuda históricamente, como mecanismo de defensa y como praxis. No obstante, con el decantar del tiempo descubrimos que a toda esta militancia de redes había que sostenerla.

Basta con que hagamos una breve revisión histórica para que caigamos en la cuenta de que hace cinco años muches de nosotres no nos reconocíamos en el mismo lugar que hoy, ni bancábamos exactamente los mismos planteos con tanta apertura ni con tanta terminología y conocimiento de causa; sin ir más lejos, y para dar un ejemplo casi burdo, el lenguaje inclusivo sonaba raro hasta para les más convencides.

La cuestión es que a medida que el movimiento avanzaba a pasos agigantados en las grandes ciudades generando una masa crítica fácilmente distinguible eso no sucedía, ni sucede al dia de hoy, en las ciudades del interior de nuestro país. No es tan complejo comprender que la militancia de redes no es la militancia de las calles. La militancia de las grandes ciudades nada tiene que ver con la militancia de pueblo. Pero aquí hay algo antropológico que debemos reconocer: las militantes de los grandes centros urbanos tienen, por históricas luchas, sus calles “ganadas” (a fuerza de reclamos, de historia, de masividad, claro) y, frente a cualquier problemática social, “lo colectivo” es una garantía territorial.

¿Por qué subrayar esta obviedad? Porque el feminismo es una lucha de territorios donde la frontera son los límites sociales y el constante, violento y naturalizado avasallamiento de nuestros espacios, nuestras cuerpas e inclusive nuestras capacidades de pensamiento, decisión y elección.

En 2018, la discusión previa que se brindó, mediáticamente, al debate del Aborto Legal en el Congreso nos convocaba a movilizarnos, a ocupar espacios. A poner el cuerpo y politizar nuestro deseo. A protestar, exponernos, manifestar nuestros desacuerdos, levantar la voz y a concientizar, para que seamos muchas. Pero, sobre todo en nuestros pequeños pueblos, el camino fue ríspido y sinuoso. El vacío, la soledad, las miradas gachas, la segregación, la negación, la vergüenza. Era, y todavía es, dificilísimo juntar quince pañuelos verdes en una plaza.

La militancia de pueblo no es la militancia de las grandes ciudades. No es la que convocan las organizaciones, les politiques de renombre o los partidos y sus figuras. La militancia de pueblo es bancar los trapos solas, con nombre y apellido, corriendo los riesgos de la exposición ante el odio inusitado y sabiendo que somos consideradas locas, asesinas, aborteras, malas madres.

Más allá de todo este peso, seguimos, por convicción y una cuota de infranqueable testarudez, en ciudades donde la condena social puede ser atroz. Donde se dejan de tener vínculos que parecían irrompibles, o donde tu puesto de trabajo, o tu emprendimiento y por lo tanto tu sustento y el de tu familia se ven amenazados. El problema no es que te deje de hablar tu vecine, el kiosquere, o el del delivery; en las ciudades del “interior del interior” todo puede volverse sumamente personal, y lo personal se vuelve político hasta en la mesa del domingo, el colegio y los parques que habita tu niñe.

Tuvimos que deconstruir la necesidad de la masividad. Aprendimos a reconocernos eslabones claves, semillas en recónditos rincones. Abriendo caminos, puertas y ventanas a medida que federalizamos la causa.

Por eso, es necesario reivindicar la militancia verde en los pueblos. Las multitudinarias 100 en una capital de provincia; las multitudinarias 30 en un pueblo; las 7 que se juntaron a hacer un pañuelazo un dia de verano que quema y arde allá en una plaza de Misiones, Chaco o Jujuy; o las que pasaron frío en algún pueblito aplaudidor de machirulos en el sur de nuestro país.

La militancia de pueblo, que parece insignificante, es vital. Es, además, agotadora porque tiene como contrincante el sostenimiento casi tácito de las sociedades patriarcales. Una presión que genera silencios infranqueables, recursos que han usado incansable para provocarnos miedo, el escarmiento, el disciplinamiento social, la estigmatización y hasta la amenaza de cárcel. Sin embargo, no son suficientes. Los tiempos cambiaron y los feminismos, más que una ola, se convirtieron en un movimiento imparable.

Aprendimos a poner las tecnologías a nuestro favor y sostener nuestras militancias con el cuerpo; a preguntarnos, y construir una identidad por fuera de la norma. Personal y colectivamente, acercándonos aún más al deseo. A seguir bancando los pañuelos verdes y cada uno de nuestros reclamos sin necesidad de apoyo más que el de nuestra autonomía.

Logramos que las militancias feministas sean de las más federales que se hayan visto en los últimos tiempos. Sin dudas esta federalización depende no solo de las grandes marchas y convocatorias, ni de los movimientos organizados multitudinariamente, sino también de las que en un pueblo chiquito, se movilizan, ayudan, acompañan y socorren todos los días. De las que no claudican, de las que, más allá de todas las estigmatizaciones, se animan a seguir por los caminos que nos hemos abierto entre todas.

En estos cinco años nada fue romántico. Atravesamos grandes discusiones, fragmentaciones y hasta “grietas”. Pero, sin duda, reconocemos nuestra efectividad en el consenso y las redes como un gran sostén. Y eso es lo que vemos en las calles hoy, un feminismo creciente y tan popular que cada vez llega más lejos, ganando terreno donde antes habitaba el silencio.

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