Artículo
El guaraní itinerante
Zenón Bogado: Sol de tupa
Por: Mario Castells, El cartel de Suarez
El día del idioma guaraní habilita una reflexión sobre las derivas físicas y metafísicas de la lengua, encarnada en la figura de Zenón Bogado Rolón. Con ella, como un incipit, desplegamos algunos de esos tránsitos. La itinerancia es múltiple y heteroclita. Ora se desplaza por la selva, ora por los ríos y las islas hasta llegar a Rosario. Suma y resta del despliegue y el despojo queda como saldo la poesía.
septiembre 6, 2023

 Opu’ã jevy vaerãku
MBA’EVERAGUASU ha ojevýne
kuarahy rendyña ru’ãvy’apýpe
ÑAMANDU! 

¡De nuevo se levantará
LA CULTURA GUARANÍ RESPLANDECIENTE
y volverá ÑAMANDU
en la punta de la punta
de los rayos del sol!

Tupa Kuaray / Zenón Bogado Rolón

 

Hoy, 25 de agosto, el día compele a la reflexión; no porque la faz climática con sus nubarrones y esporádicas lloviznas nos lleve al retraimiento y a la especulación filosófica sino porque es el día de la lengua guaraní, o como lo expresamos en nuestro idioma: Guarani ñe’ē ára. 

Desde ya, este onomástico no es más que un punto de partida para repensar la magnitud y posibilidades de la lengua. Por eso me interesa destacar el fenómeno de su itinerancia, el recorrido de una lengua que no tuvo Estado y que hoy mismo, aunque en los papeles sea co-oficial en el Estado Paraguayo, en el Plurinacional de Bolivia y en la provincia de Corrientes está lejos y se resiste a serlo. 

Este fenómeno al que me abocaré, con algunas referencias tomadas del archivo pero fundamentalmente con intuiciones y experiencias propias, está religado a la idea fundamental de su tránsito y expansión cultural: el yvy maranē’ŷ rekávo, la búsqueda de la Tierra Sin Mal.

La lengua que heredamos de ñande ypykuéra (nuestros antepasados) tiene una historia milenaria y se cree que nació hace aproximadamente 2500 años en el territorio de la cuenca del río Tapajós y el río Xingú, cerca del actual Santarem, en lo que hoy es el Estado de Pará, Brasil. Hablamos, por supuesto, de la lengua identificable con nuestra propia lengua, no del tronco tupí que es mucho más arcaico. Como señaló Bartomeu Melià en El guaraní: experiencia religiosa

Los movimientos de migración, originados en la cuenca amazónica, se habrían intensificado, motivados tal vez por un notable incremento demográfico, en una época que coincide con el comienzo de nuestra era… Estos grupos que conoceremos como guaraní, pasaron a ocupar las selvas subtropicales del Alto Paraná, del Paraná y del Uruguay medio. Los indios que sí se trasladan en busca de nuevas tierras, no son nómadas que dependen substancialmente de la caza y de la recolección; son agricultores que saben explotar eficazmente esas tierras de selva, cuyos árboles derriban y queman y en la cual plantan maíz, mandioca, legumbres y muchos otros cultivos. 

(…) Como colonos dinámicos, los Guaraní continuarán todavía su expansión migratoria hasta los tiempos de la invasión europea en el Río de la Plata (1520) y en plenos tiempos históricos hasta nuestros días. La migración, como historia y como proyecto, constituye un rasgo característico de los Guaraní, aunque muchos de sus grupos hayan permanecido por siglos en un mismo territorio y nunca hayan actualizado una migración efectiva.  

Los desplazamientos guaraníes siempre se produjeron en el plano físico y en el metafísico a la vez; de eso nos hablan los grandes textos del archivo etnohistórico: Melià, Cadogan, Metraux, Susnik, Fernandes, los Clastres, Sequera, Combès. De hecho, aunque pareciera una práctica perdida, y lo es en efecto si vemos los trastornos en el ritual y en la organización social indígena, las migraciones de masas devinieron en incursiones débiles, palidecidas, en las que los últimos lugartenientes de Jakaira parten a través de un camino ascético en busca del aguyje, la obtención del estado de indestructibilidad espiritual que es el umbral luminoso para acceder al yvyju, la Tierra Dorada.

Un gran poeta paraguayo que obtuvo la nacionalidad guaraní fue mi querido Zenón Bogado Rolón. Zenón nació en Mauricio José Troche, Departamento de Guairá (Paraguay), en 1956. Campesino e hijo de campesinos, emigró a Buenos Aires, trabajó como electricista y efectuó distintos trabajos que le destrozaron la salud; uno, fundamentalmente, en una curtiembre que lo envenenó y por cuya razón acabó muriendo en 2005. En Buenos Aires, al calor de la grandísima colectividad del exilio paraguayo, se hizo poeta.

Siempre alejado de los poetas ministeriales (como les decía él) su vinculación con la poesía (que para él era un acto de rebeldía suprema) se efectuó a través del puente sagrado (yrymomo) del guaraní teete. Su primer esbozo fue una plaquette en colaboración con poetas ligados al Partido Comunista Paraguayo, el Grupo Co’ē Rorĩ (grafía antigua), dirigido por Juan B. Giménez, y más tarde, luego de su adopción de la espiritualidad guaraní, como aprendiz de chamán y curandero bautizado con el nombre sagrado de Tupa Kuaray, lo fue a través de la palabra sagrada y profana de los guaraníes, corpus de oralitura que en su escritura glosó.

No voy a detenerme en la experiencia de este poeta inaprehensible por la letra pero me serviré de él como metonimia de esa itinerancia que de rebelión profética devino en experiencia mística, individual aunque no por ello desligada de lo colectivo, de lo comunitario. Zenón, hombre pobre y enfermo, se vio obligado a vender su saber curativo y terapéutico, su carisma. Histriónico y taciturno en grados iguales, se convirtió en un solicitado y efectivo curandero. Y no voy a callarme que aquí, quien suscribe, consumado ateo, se vio muchas veces aliviado por sus poha ñana ni que me curó una dolencia intestinal que sobrellevé casi por treinta años, o que mantuvo con vida, como lo hizo su maestro con él mismo, a mi primo Honorio por más de diez, siendo éste enfermo terminal soltado por los médicos del sistema público rosarino. Ese trabajo que lo solventaba a él y a sus familias (como buen guaraní era polígamo) lo llevaba a estar siempre migrando aunque también aferrado profundamente a las raíces de la cultura guaraní.

Días antes de morir (nosotros compartíamos eventualmente la habitación en casa de mi madre) se levantó intempestivamente de la cama y armó su bolso. Se despidió rápidamente, pues no quería morir en casa, quería ir a su comunidad en la selva, ha ohoite hína. Se fue nomás. En esos días estaba trabajando en un nuevo libro. Me había dicho que su lenguaje era más complejo y que su arte poética estaba siendo forzada por esa voluntad mayor a sus fuerzas. Trabajaba él en la computadora de escritorio que teníamos y después de partir, incluso diría que después de enterarnos de su muerte, encontramos un solo poema de aquellos. Sabemos que eran más pero estaban en un cuaderno de notas, escritos a mano. Quién sabe qué habrá sido de él. Dejo este poema inédito, que para mala suerte de ustedes traduzco a continuación, como prueba.

 

ÑE’Òà MBYKY’I ÑANDE RU JAKAIRÁPE

Aiko  aikóvy
aguata guata’i árupi
ayvu ayvu’ípe
ajeeko mombe’u jeýma njévy.

Py’angatápe,
jepy’apýpe,
py’a rağéme
ha tekoañóme aime aîna.

Ka’aguy apytere
jurua morotĩva
omomeguã meguã’imbáma
tepyve’erãnte ombojeity jeitypa.

Mamórupipa ahave va’erã
ambyaty mbyaty’i
ha amambai katu
ha amambai poty joyvy
ha apovave poha ñana’i kuéry,
ambopupu pupu’i aguã
hachývape ğuarã.

Che Ru Jakaira
mba’épipo tajapóvy
hesaka sarã mbáma ka’aguy
ikorapypáma tekoa,
kuaray jere ymaguápe
oime á rupinte oĩmi
roikotevêva pohã
taha’epa yvyra ryakuãi
yvira katui

Ka’a saite,
ka’avo tory,
téra taru taru.

Kuaray jere ymáme
tekoavy morotĩ
ndojehaityái va’ekue;
ñetangara,
guahu,
ñengarete,
jekotyu,
hu’y ñemoinge
ha temityrã
ijajémiañete.

Ko’ã mba’e porã porã’i jepe
mbovy mbovy’ima oikovy katu
tembiypy rehevéntema
amombe’u mondóvy ndéve
Che Ru Jakaira.

 

CORTA PLEGARIA A JAKAIRA

Ando-ando apenas.
Camino-camino poquito por aquí.
Alma (palabra) -alma pequeña que convalezco
y convierto en relato otra vez, nuevamente.

Con incertidumbre
quebrantado,
con el corazón afligido
y, ay, con esta soledad plena en que vivo. 

En lo profundo del monte
los blancos bocapeludas
se disponen a destruirlo todo.
Es el precio, venganza, del despojo, despojo.

¿Y adónde iré
a juntar poquito a poco
el amambái sagrado
y las diversas flores del Amambay sagrado
para realizar mis remedios yuyos?
¿Donde herviré viré el aguã
para darle a los enfermos?

¡Oh, mi padre Jakaira!
¿Qué podremos hacer?
E
s notable el desmonte,
ya están loteados todos nuestros territorios.
El sol gira como antaño.
Y está aquí en rededor del que persiste
necesitado de sus remedios
o de los sumos de las maderas
yvira katui.

Ka’a saite (hierba rebelde),
ka’avo tory (hierba de la alegría),
o taru taru.

El sol gira hacia el pasado,
tiempo que la maldad blanca
no pudo enturbiar entonces.
Bailamos tangará,
guahú,
ñengareté,
kotyu: nos dimos saludos amorosos
cuando acertamos con nuestras flechas
y nuestros sembradíos
por sus normas legadas. 

Toda esta belleza belleza poquita,
poca poca, en verdad sagrada, que nos queda
la que aún nos resta del principio
es la que cuento, la que te ofrezco en plegaria,
¡oh padre mío, Jakaira!

 

Zenón es el responsable de esta zambullida en la energía itinerante del idioma y ya verán por qué. Muchas veces me desasnó respecto de algunos topónimos del guaraní. Así yo, que creía como la mayoría de mis paisanos, que Ñeembucú significaba palabra extensa, hablar mucho, etc. resultó que no era así. Un día me corrigió con cariño y me anotició que Ñeembucú era Ñehe puku, el largo derramadero de agua, el largo vertedero, una descripción concisa y poética de ese territorio conformado por los meandros del río Paraguay en su confluencia con el Paraná. ¡Maravilla!

Él me invitaba siempre a vivir la experiencia sagrada de la tierra. Una vez, en Itatí, esperando lancha en la Prefectura, queriendo cruzar a la orilla paraguaya, me contó que sintió todo el dolor que se congregaba en ese sitio y casi se desvaneció. Como pueblo reducción franciscano, él que odiaba al Cristo y más aún a sus representantes, había sentido, visto, el mal horroroso anclado en ese pueblo. “Mucha muerte”, musitó. Y esa basílica era, dijo, la perfecta representación del mal y la fealdad. Porque para él la Civilización era Sifilización y el peor de todos los resultantes de esa sifilización era el humanismo. Era un anarquista extremo aunque tenía buena relación con los grupos de izquierda, fundamentalmente campesinos, a los que creía hijos no deseados de la iglesia católica.

Muchas veces me he preguntado qué diría Zenón de tal o cual relato, de mis libros. Supo de mis primeros poemas y le gustaban. Aunque quería que dejara de pensar en español y estudiara guaraní, que me fuera a la selva, que interactuara más con campesinos e indígenas y le diera menos bola a los intelectuales. Sabía de mis casos, los disfrutaba. Se reía mucho de nuestro jopara ñeembuqueño, tan alejado dentro del mismo dialecto de su guaraní guaireño. Pero él, que escribía en un idioma imposible, como si quisiera reunir en la placenta del idioma guaraní primigenio (que nunca fue uno e indiviso) las escallas de la división, los retazos de la rotura colonial, amaba todas las jergas del guaraní… Se reía de nuestros idiotismos. Comentábamos las más jocosas letras de polca jahe’o, el hip hop que me decía le gustaba mucho a los kaiowa, antes de que apareciera el rap indígena de Bro-Mc. Yo le decía: ¡nde, gua’i, arriero kuetíncho! y él estallaba de la risa. Y le encantaba saber de distintos dialectos guaraníes. Le encantaba escuchar a los correntinos, a los litoraleños, a los bolivianos, a los jujeños, a los brasileños hablar guaraní.

Una vez, él, que sabía que yo detestaba esas prácticas de esoterismo berreta, hizo una incorporación en mi casa; lo hizo para picharme y quizás para desbaratar mi perspectiva auratizadora de lo exótico que yo hallaba en él. Zenón había conocido bastante bien los ritos umbandas en el Brasil e incorporó a un poderoso chamán kaygua que hablaba un extraño jopara entre guaraní kaiowá, portugués y rudimentos de alguna lengua afro, quizás bantú, no lo sé. Me argelé muchísimo, le dije a mi madre que no quería que ese lumpen durmiera en mi habitación (aunque yo no vivía ya ahí). Lo recuerdo ahora: sentado en canasta doblaba el dedo gordo del pie izquierdo de una manera imposible y su voz era completamente otra… Contó cosas que no supe traducir y que me repelían. Lo creí completamente loco, un psicótico, por mucho tiempo. Creo que esta es la primera vez que lo cuento. También me decía cada tanto, invitándome, que debíamos ir a algún sitio especial de las islas entrerrianas, que él sabría cual sería, para fumar y conversar de noche junto a una hoguera y que él me mostraría los espíritus del lugar, que se harían visibles para mí. 

La actitud radical de mi amigo contra lo colonial, lo europeo no tenía límites. Indigenista de corazón, no le cabían ni los cristianos ni los marxistas. Pero no era acérrimo enemigo de lo occidental, alentaba una producción mixta y nueva de literatura-oralitura con una estrategia descolonizadora y se la pasaba, a inicios de este revival que hoy visibilizamos claramente de literaturas alternativas escritas en lenguas originarias, en festivales indigenistas con otros escritores indígenas. 

Gran parte de su itinerancia, además de la otorgada a la búsqueda del pan, iba en la búsqueda del canto, entre sus colegas de Paraguay, Argentina, Chile y Uruguay, países que visitaba con mucha frecuencia. Como legado, materialmente, me quedan varios de sus libros: una biografía que reúne vida y obra de Nezahualcoyotl, el rey tezcocano; un libro fotocopiado y anillado de Humberto Ak’abal; libros de don Félix de Guarania, una traducción suya de Marcos Ana; un libro que es transcripción de un encuentro: Mesa redonda sobre Todas las sangres, de José María Arguedas; un librito de Losada de los poemas de León Felipe; un libro de Carlos Federico Abente y su obra entera: Tomimbi (Que brille), Tovera (Que resplandezca), Tojajái (Que titile) y Ayvu Pumbasy (Música de la Palabra-Alma), su incompleta obra completa. 

Me ufano de este artículo y de la empresa que emprendo ahora para Tierra Roja y como respuesta imaginaria tengo su aprobación y a la vez un sarcasmo, acaso ese acotado desinterés producto de la alegría desamparada de quienes saben cuánto de banal hay en un elogio.

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