Crónica
La odisea de vivir y alquilar en Bariloche
Clase turista
Por: Lorena Bermejo, Gonzalo Gayoso
Es octubre. Se acerca la temporada alta turística en Bariloche. Las y los inquilinos pagan mes a mes un alquiler de una vivienda que en pocos meses tendrán que abandonar. No saben si podrán renovar para la próxima temporada ni donde vivirán el año que está por comenzar. Según el censo del 2022, más del 60% de la población de Bariloche no tiene casa propia. En la zona, se entretejen algunas experiencias colectivas de vivienda como el Barrio Intercultural y las cooperativas Amapolas e Hijxs del Oeste. Aunque parece que las tierras del sur sólo tienen un destino: el turismo.

Las fotos del lago Nahuel Huapi, detrás los cerros y algún cóndor sobrevolando el bosque, se multiplican en las pantallas, viajan en chats y en stories de Instagram, se cristalizan en los estados de Whatsapp; en Buenos Aires, cientos de carteles repartidos por la ciudad muestran la misma imagen; debajo, la célebre frase de la ciudad: Bariloche, quiero estar ahí. 

Hace un año un campamento multitudinario se instalaba en el centro de la ciudad. No era el típico suelo sobre el que se montan las carpas, sino un suelo urbano, de lajas irregulares y pañuelos blancos pintados. Un suelo que recibe a la población barilochense los días de reclamo y los días de festejo. Es el suelo de la plaza más transitada de la ciudad, conocida como el Centro Cívico, donde nace la calle Mitre con sus locales de regalos y chocolaterías. “Bariloche a la carpa” fue una intervención artística y política organizada por Inquilinos Agrupados en octubre del 2022, mientras se desarrollaba el evento “Bariloche a la Carta”, que ofrece descuentos, menúes especiales y puestos de toda índole para que visitantes y locales consuman productos gastronómicos. En la misma plaza convivieron inquilinos preocupados, turistas curiosos y paseantes de la zona. Pasó un año y está por empezar una nueva edición del evento comercial, pero las carpas, simbólicamente, siguen allí.

Con una ocupación hotelera del 39% en mayo, el mes que históricamente representaba la temporada baja, en Bariloche el turismo se volvió una actividad continua durante todo el año. Según los últimos datos que difundió el Municipio, entre enero y junio la ciudad recibió 494.977 visitantes, un 14,3% más que el año pasado, a lo que se suman unas 348 mil personas que el Ente de Promoción Turística (Emprotur) estima que llegaron entre julio y agosto. También fue el destino más elegido en los últimos programas del PreViaje, la política que impulsa el Gobierno nacional para fomentar el turismo. Ya durante el 2022 la cantidad de visitantes se sostuvo durante la primavera: claramente, la tendencia apunta a la desaparición de las temporadas bajas.

Está claro que el turismo alimenta la economía local, genera trabajo y hace crecer a las tantas empresas, las chicas y las grandes, que dependen del consumo de regalería, excursiones, gastronomía y otros productos con un precio muchas veces sobredimensionado. Pero para que la rueda siga girando no sólo hacen falta turistas y hoteles. ¿Quiénes están detrás de todo lo que se ve? Por supuesto, el turismo es sólo una cara de Bariloche, donde también existe esa ciudad que les visitantes en general no ven: la de investigadores, docentes, trabajadores municipales y nuevos migrantes, que trabajan de manera remota o digital pero también habitan la ciudad. Bariloche a la Carpa irrumpió en el Centro Cívico -también llamada plaza de los Pañuelos y los Kultrunes- para visibilizar un conflicto que desde hace años crece en la ciudad: el acceso a la tierra y a la vivienda.

“Últimamente parece que las leyes quieren dejar cada vez peor al inquilino. De todas formas, en Bariloche no hace falta una Ley para que se sigan guiando por el mercado. Tenemos un 85% de inquilinos con alquileres irregulares, sin contratos y donde los dueños no cumplen con ninguna normativa”, señala Emiliano Guenin, referente de la agrupación Inquilinos Agrupadxs.

En septiembre de este año la Fundación Ambiente, Desarrollo y Hábitat Sustentables (FADEHS), una organización independiente que trabaja por la promoción del cuidado del medio ambiente, el desarrollo y el hábitat en la provincia de Río Negro, publicó un nuevo informe sobre la crisis de los inquilinos, en el que señala que en Bariloche hay un universo de viviendas subocupadas -19%- y otro 11% potencialmente vacante. Estos datos surgen del análisis del consumo eléctrico en la ciudad, y hacen sentido cuando se contrastan con los datos preliminares del censo del 2022, donde más del 60% de la población de Bariloche afirmó que no tiene casa propia.

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En la casa de Nacho Ferreria los vasos para el agua, o el vino, son de cerámica. La entrada, la chimenea en el centro del living y también las paredes del resto de la casa están moldeadas a mano. La suya es una de las primeras veintiocho casas construidas a base de materiales naturales, con la técnica conocida como quincha, un entramado de ramas o cañas cubiertas con barro. Él y su familia se mudaron hace siete años, en el marco de la primera entrega de casas del Barrio Intercultural ubicado en la ciudad neuquina de San Martín de los Andes.

El Barrio Intercultural es un proyecto que surge de la alianza entre la comunidad Curruhuinca y Vecinos Sin Techo, una agrupación que lucha por el derecho a la vivienda, y que nació del encuentro de cientos de personas que en el 2004 se encontraban sin casa  y decidieron juntarse a pensar una posible salida a este conflicto. Además de reclamar políticas públicas, se animaron a plantear una propuesta concreta para conseguir un lugar saludable y sostenible donde vivir.

“Para tener una vivienda lo primero que hace falta es un espacio, tierra. En San Martín de los Andes estamos en territorio mapuche, un pueblo que fue despojado de sus territorios en la invasión de Roca a la Patagonia. Entonces no son conflictos aislados, es algo que atraviesa. Este fue el punto de encuentro con la comunidad Curruhuinca, con quienes compartíamos el espacio de reunión en la radio comunitaria de San Martín, la FM Pocahullo”, relata Nacho. Hace un tiempo su visión se empezó a reducir, y mientras conversamos su mirada oscila entre la cocina y la mesa con los platos del mediodía; su voz, en cambio, no titubea ni duda, sabe hacia dónde va. Y continúa: “Con la comunidad nos juntamos para reclamar dos derechos a la vez, que históricamente venían siendo negados por parte del Estado. Por un lado la vivienda, y por otro lado la restitución de las tierras ancestrales. Fue un proyecto que nació de la generosidad”.

En conjunto, redactaron un proyecto de Ley y lo presentaron en el Congreso. Pasaron los años, y en 2011 se aprobó, aunque en lugar de la palabra restitución, el texto salió publicado con el término transferencia. Un reemplazo semántico que tiene un profundo significado. “Estas tierras fueron incorporadas al Parque Nacional Lanin en 1937 y cedidas al Ejército en 1946, pero el Estado sigue sin reconocer el despojo y el genocidio”, recuerda Ferreria.

Según la Ley Nacional 26.725 del 2011, el Lote 27, de 400 hectáreas, quedó a cargo, a modo de propiedad comunitaria, de la Lof Curruhuinca. De esas 400 hectáreas, 33 fueron designadas al municipio, que debía destinarlas a instalaciones y servicios de salud, educación y deportes, y las otras 77 al Barrio Intercultural, donde se proyectan viviendas para 250 familias, una huerta comunitaria y un espacio común para talleres, encuentros y asambleas, entre otras actividades.

Para llegar al Barrio Intercultural hay que atravesar la ciudad de San Martín de los Andes y tomar la ruta provincial 48, rumbo al Paso Hua Hum, frontera con Chile. Las calles son circulares y las casas van surgiendo alrededor de las circunferencias de las manzanas, con plazas en el centro y senderos que se achican y se agrandan. Al momento de construir, intentaron desmalezar lo menos posible y respetar el lugar que ocupa el bosque y la flora autóctona. Nacho reconoce los árboles, las casas de los vecinos que conoce, y con lo que aún puede ver le alcanza para caminar por el barrio, reconocer las esquinas y los pasos entre calles.

Lo primero que aparece es el espacio comunitario, con un enorme mural que representa el buen vivir. El taller, la huerta, las casas de barro y las de madera, cada elemento parece llevar impreso los recuerdos de su construcción, en manos de los propios vecinos que sostuvieron y sostienen el proyecto.

Este año, con el último financiamiento que consiguieron, llegarán a las 156 viviendas de las 250 que tienen planificado construir. Un barrio muy diferente al que se mudó Nacho junto con su compañera Daniela, hace siete años, cuando se terminó de construir la primera tanda de viviendas.

La figura de cooperativa de vivienda es cada vez más popular en Argentina y proyectos como el Barrio Intercultural son ejemplos concretos para aquellas personas que no sólo buscan un lugar donde vivir, sino que quieren proyectar un espacio saludable y sostenible en el tiempo, un refugio donde estar y quedarse.

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Julieta Linares es una de las fundadoras de la Cooperativa de Vivienda Amapolas, radicada en Bariloche y formada por veinticuatro integrantes. La mayoría son mujeres, y la mitad de ellas tienen hijes.

Dice Julieta: “Una casa es un espacio donde te relajas, lloras, te regeneras, crías o compartís con la gente que querés, donde te sentís libre, y hoy no tenemos ese derecho, esa posibilidad. Eso es lo que encontramos en común y de ahí surge la cooperativa. Algunas de nosotras pasaron por situaciones de mucha desigualdad, desde separaciones violentas hasta compañeras que participaron de la construcción de su casa y se quedaron afuera, en algunos casos con hijos. Nos dimos cuenta de la fuerza que había en la vulnerabilidad compartida.”

De padres marplatenses, Julieta siempre aclara que si bien creció en Bariloche, no es NIC -nacida y criada en la ciudad-; como niña fue el lugar que le tocó, como adulta el que elige. Ahora trabaja en la Secretaría de Cultura de la Municipalidad y es psicóloga social. Al terminar la escuela secundaria, como muchos jóvenes patagónicos, se fue a estudiar a Buenos Aires. Después vivió en otras ciudades del país y dos años en Chile. En 2014, tras la muerte de su padre, volvió a Bariloche, y cuando le preguntan cómo decidió quedarse dice que sintió que era acá donde tenía que estar, que estaba de vuelta en casa.

Cuando volvió a la ciudad se instaló en la casa que alquilaba su mamá en ese entonces, y después se mudó sola, también a una vivienda de alquiler. En 2016 se animó a acercarse al banco y preguntar por la posibilidad de pedir un préstamo para comprar un terreno, pero se encontró con que no daba con el perfil crediticio para acceder a la herramienta financiera. Para otorgar créditos, los bancos elaboran un perfil para comprobar la solvencia del usuario que lo solicita. Algunas características en las que la institución hace foco son la antigüedad laboral, el nivel de ingresos y el historial, es decir, si la persona ya pidió un préstamo y cómo se comportó con él.

“Con mi familia nunca tuvimos casa propia, el momento en el que estuvimos más cerca fue cuando mis viejos señaron un terreno; después perdieron la seña y el lugar. Más adelante se volvieron a animar, compraron un terreno, empezaron a construir la casa y los agarró la hiperinflación. De nuevo perdimos todo”, cuenta Julieta.

Durante el 2020, mientras vivía en una cabaña que estaba disponible por el cierre de las actividades turísticas consecuencia de la pandemia, empezó a gestarse la idea de la cooperativa. Al principio eran ocho amigas con una problemática en común, pero poco a poco se fueron acercando otras mujeres, hasta que un día la ronda sumó veinticuatro. Su hermana, que volvió a Bariloche ese mismo año de la pandemia, también forma parte de la cooperativa. “Creo que muchas de nosotras en Amapolas cargamos con ese peso de no tener ni siquiera una herencia de casa, lo cual también es horrible, esperar a que se muera un familiar para heredar un lugar”, reflexiona emocionada porque recuerda el día que se encontraron para pensar cómo cada una había llegado allí y por qué.

Con personería jurídica y organizadas en comisiones de trabajo, las integrantes de Amapolas lograron un financiamiento internacional para organizar una serie de encuentros con referentes del cooperativismo y el hábitat. Todavía no tienen tierras en las que empezar a construir el soñado barrio comunitario, pero esta instancia servirá para capacitarse e invitar a otras cooperativas de vivienda a hacerlo.

Martina Cianis, también integrante fundadora de Amapolas, se adelantó y cursó este año la Diplomatura en Diseño Participativo Sustentable del Hábitat. Dictada por profesores de distintas universidades, entre ellas la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad de Buenos Aires (UBA), uno de los expositores que fueron convocados para la cursada es Nacho Ferreria, con el Barrio Intercultural como ejemplo de gestión colectiva del hábitat.

“Actualmente una de las principales preocupaciones de las integrantes es la de encontrar tierras aptas y disponibles para el desarrollo del barrio sustentable de la Cooperativa Amapolas pero que además se trate de tierras a precios sociales o con la financiación necesaria, esperando contar con el apoyo del Estado”, afirma Cianis en su trabajo final.

Mientras Julieta, Martina y las demás integrantes de Amapolas pagan mes a mes un alquiler, como miles de barilochenses, sin saber si podrán vivir allí el año próximo o si podrán renovar para la temporada siguiente, durante el 2020 las fichas estaban acomodadas de otra manera.

“En plena pandemia cuando no había turismo los que les salvamos el bolsillo a los propietarios fuimos los inquilinos. Parece que se olvidan de esos momentos, en los que los más vulnerables les somos útiles”, reclama Julieta Linares y recuerda que “después volvió el turismo y de todos lados empezaron a pedir que liberen las cabañas, los hoteles, los lugares que habían alojado a tantas personas que vivimos y trabajamos en la ciudad. Ahí te das cuenta de lo frágil que es una situación habitacional cuando la casa no es propia”.

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Si bien el conflicto por el acceso a la tierra y a la vivienda es global, las ciudades con gran caudal de actividad turística atraviesan la problemática con un factor adicional que ajusta aún más el juego de oferta y demanda, a favor del mercado inmobiliario.

“El turismo siempre estuvo, lo que pasó en los últimos dos años, post pandemia, es que Bariloche pasó de tener de 700 mil turistas a tener más de un millón, estamos hablando de 400 mil personas más que demandan hoteles, bungalows, cabañas, campings, y que cada vez más demandan casas y departamentos de alquiler”, señala Tomás Guevara, investigador del Conicet y de la Universidad de Rio Negro (UNRN) y referente de la Fundación Ambiente, Desarrollo y Hábitat Sustentable. Tomás ha acompañado a distintos proyectos de cooperativas de vivienda, como objeto de estudio y con cierto convencimiento de que la autogestión es una salida cuando el Estado no ejecuta a tiempo las políticas necesarias.

En Bariloche, el último loteo para vivienda social fue aprobado en 2014. Desde ese entonces, distintas iniciativas aún esperan para ser concretadas. Una de ellas es el proyecto Las Morenas, que fue presentado en diciembre del 2022 ante el Concejo Deliberante pero está detenido por un conflicto entre privados que afirman ser dueños de la tierra. El prometido desarrollo inmobiliario se encuentra sobre la Ruta 40, en la intersección con la Ruta 82, al pie del Cerro Ventana. Según el Código Urbanístico de 1995, esa zona sólo es de uso agrícola ganadero. Sin embargo, cuando uno recorre las calles de los barrios que se han formado allí –el loteo Reina Mora, Villa Lago Gutiérrez, Pilar I y II-, cientos de casas de familias y cabañas para el turismo afloran a los costados de las calles de ripio.

“En Bariloche hay una situación bastante anómala. En la década del 80 se elaboró un primer instrumento que es el Código de planeamiento y edificación, y luego en 1995 se modificó creando un Código urbano que no se aprobó del todo; entonces hay áreas de la ciudad donde rige el código del 95´y otras donde no. Se empezó a emprolijar un poco cuando se aprobó el Plan del Oeste en 2019 para la delegación Lago Moreno, que unifica y actualiza ambas normas. Pero en todo el resto de la ciudad hay una yuxtaposición de las normas. Esta cuestión poco clara permitió que la gestión urbana sea poco eficiente y no logre objetivos como que se resguarden las zonas frágiles, o que la ciudad no crezca tanto hacia el este y el oeste”, explica Guevara.

En uno de sus artículos detalla que, entre 1991 y 2001, la mancha urbana de la ciudad creció en un 91%, mientras que la población lo hizo en un 46%. A esto se refiere cuando afirma que la localidad no puede seguir creciendo de forma expansiva, sino que se deben densificar las zonas cercanas al centro: “tenemos una ciudad muy extensa y poco densa, eso dificulta la gestión de los servicios, por ejemplo, el transporte. No podemos seguir haciendo crecer la ciudad hacia el este y oeste, sino que se tiene que densificar el centro. No estamos pensando en grandes edificios, sino edificios de cuatro o cinco pisos”.

El salto de arribo de turistas y la preferencia por el tipo de alojamiento que compiten con la vivienda permanente son elementos estructurales que hacen que la crisis habitacional sea muy profunda. En 2023, los doce candidatos que compitieron por la Intendencia de la ciudad el 3 de septiembre pasado, tuvieron como prioritaria la temática de la vivienda. Propuestas como regular más estrictamente los alquileres turísticos, a través de impuestos, fomentar el alquiler social y asegurar una mejor gestión del Banco de Tierras junto con la construcción de viviendas sociales, son algunas de las soluciones que giran en torno a un conflicto que se recrudece año a año.

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Federico Alomo, Jaqueline Fernández y César Alvarado son integrantes de Hijxs del Oeste, una cooperativa de vivienda conformada por treinta y dos familias que crecieron en los barrios de El 13 y quieren volver a vivir allí. El 13 es un conjunto de barrios ubicados entre los kilómetros 12, 13 y 14 de la Avenida Exequiel Bustillo, que conecta el centro de Bariloche con el Circuito Chico, en el km. 25. Entrando por la calle Río Minero, que rodea el Jockey Club, se desprenden los barrios Parque Playa Serena, Parque Lago Moreno, Nueva Jamaica, 2 de Agosto, Covivar y Nahuel Malal. El proyecto de la cooperativa es acceder a un loteo social en la zona oeste de Bariloche, para fundar un barrio eco sustentable de viviendas propias.

El barrio que imaginan y esperan poder construir tiene, en especial y como condición, un vínculo cercano y de amistad de les integrantes entre sí, y el vínculo de cada persona con el espacio. Sobre estas bases dibujaron el mapa del barrio: una huerta comunitaria con invernadero, instalación de biodigestores para el tratamiento de las aguas residuales, un punto verde para depositar los residuos reciclables para que la Asociación de Recicladores de Bariloche pueda retirarlos ya limpios y secos. La calle principal, la única que atravesaría el barrio, es ondulada, para seguir el recorrido por las casas y poder unificar la entrada y salida con una sola obra vial.

Como las integrantes de Amapolas, los Hijxs del Oeste comparten una carencia habitacional, pero también una fuerte nostalgia por el lugar en el que crecieron. Jaqueline Fernández se dedica a la jardinería, creció en El 13 y ahora comparte alquiler con su novia, en el centro. Las casas en las que trabaja regando, cortando el pasto, manteniendo las flores y las plantas, en general están deshabitadas. Son viviendas grandes que pasan vacías la mayor parte del año. Están en Circuito Chico o en la costa del Nahuel Huapi, puntos estratégicos para familias que vienen de otras ciudades del país a pasar sus vacaciones.

“Sabemos que hay mucha gente de nuestra generación en la misma situación. No tenemos la posibilidad de ampliar la cooperativa, pero sí de sentar bases para que este modelo se repita. Queremos demostrar que acá podemos hacerlo, y si es con el apoyo del Estado, mejor”, explica Jaqueline. 

El año pasado, a pocos meses de haberse conformado como cooperativa y empezar a averiguar terrenos en la oficina de Planeamiento del Municipio, la funcionaria a cargo los llamó para ver un espacio de varias hectáreas, ubicado en el oeste de la ciudad, cerca de los barrios de El 13 tal como se imaginaban. La alegría en el grupo fue tanta que se apuraron a juntar plata.

“Nos dijeron que si comprábamos, a fin de año íbamos a poder construir. Fuimos a ver las tierras con la funcionaria y se acercó un supuesto vecino con su camioneta a preguntarnos quiénes éramos y qué hacíamos. Nos dijo que ahí no iba a abrirse ningún barrio ecológico. Evidentemente sabía de la reunión y del proyecto, y nos amenazó, dijo que conocía gente y que iba a hacer algo con eso. Dos días después nos llegó una carta de la oficina de Planeamiento para avisarnos de que el proyecto no iba a poder avanzar”, relata Federico, a un año de esa escena y todavía sin respuestas sobre otro terreno, que también surgió del banco de tierras que el Municipio tiene a su cargo.

El lobby empresarial en ciertas zonas codiciadas de la ciudad por su cercanía a las montañas, los lagos, los senderos y las atracciones turísticas, se materializa cuando se frenan y se disuaden este tipo de iniciativas para la población local.

La justificación fue la ordenanza que mencionaba Guevara, que el Concejo Municipal de Bariloche aprobó en 2019, y que dio inicio al llamado Plan de Desarrollo Urbano y Ambiental del Oeste, con la intención de reconfigurar lo pautado en el Código de Edificación y Planeamiento del año 1980, y el Código Urbano de 1995. Según la fundamentación, el objetivo es la preservación del ambiente, por eso prohíbe la construcción de viviendas en toda la zona del antiguo camino al Llao Llao. Sin embargo, la construcción con fines turísticos no se menciona.

Federico está convencido de que hay una decisión política en cuanto al uso privado de los espacios públicos, que restringe el acceso a las tierras para la población local. Hace unos veinte años, cuando él y su primo César, también parte de la cooperativa, vivían en el barrio 2 de Agosto, el terreno baldío al final de la calle Río Minero era punto de encuentro para los pibes y pibas de El 13. Hoy, en ese mismo espacio, hay un barrio cerrado donde los terrenos se ofrecen desde cien mil dólares en adelante, y aunque todavía gran parte del barrio está deshabitado, los cercos y alambrados dejan claro que ese ya no es un lugar para jugar a las escondidas.

Pero aunque el barrio esté distinto, urbanizado y ya no haya lugar para andar a caballo o esconderse en los bosques entre casa y casa, el sueño es volver a vivir allí, con casa propia. Cuando se pregunta por qué no puede hacerlo, Federico encuentra respuestas en el empobrecimiento del sector trabajador: “nuestros viejos, siendo obreros, carpinteros, jardineros, pudieron comprar terrenos y construir sus casas. Nosotros, con la misma edad, teniendo trabajos informales o siendo profesionales, no podemos ni pagar un alquiler”.

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Llega octubre y el hilo que teje una red entre inquilinos se tensa cada vez más. Muchos tienen que dejar sus casas en diciembre y circulan flyers, audios, comentarios en reuniones de amigos, pero nadie tiene una respuesta. Si sé de algo, te aviso, se repite en cada encuentro. Algunes migran hacia la Comarca Andina, aunque ahí la situación no es muy diferente. Otres recurren a casas compartidas, viajes por el verano o quedan al cuidado de casas ajenas. Mientras tanto, según el Centro de Estudios Metropolitanos (CEM), entre octubre de 2021 y febrero 2023, la oferta de alquileres turísticos creció un 220% en la ciudad, y más de dos mil unidades completas (según el relevamiento de AirDNA, plataforma de análisis de datos de alojamientos turísticos de diferentes plataformas) -casas, departamentos, cabañas- se ofrecen para alquiler temporario a través de plataformas web y aplicaciones.

Julieta y sus compañeras se reúnen cada semana para organizar actividades y soñar un barrio, uno como el que Nacho pudo concretar. Entre ellos se conocen e intercambian conocimientos de organización, planificación colectiva y experiencias. Las redes se sostienen y se van haciendo más grandes, y a medida que la urgencia aprieta, la idea de la vivienda colectiva es una semilla que se esparce en toda la Patagonia.

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