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La medida justa de látigo
Disciplina
Por: José Ignacio Scasserra, Lala Sosa, Facundo Barreto, Boris
¿Qué onda con tanto BDSM? ¿Por qué tanto cuero y arnés por todas partes? ¿Estamos ante una explosión de deseos y libertades, o solamente ante el último grito de la moda sexual cool? Algunas reflexiones por parte de dos aguafiestas, ni tan progres, ni tan gorrudxs.
mayo 5, 2023

“Un aprendiz ejemplar, siempre te pide más disciplina” corean cincuenta mil personas en el estadio Vélez, entre ellas muchísimxs menores de edad. El recital emblemático de Lali Espósito fue muchísimas cosas, entre ellas, el punto culminante de una tendencia que viene en ascenso hace tiempo: el furor por la cultura BDSM.

En los últimos años vimos multiplicarse los accesorios de moda y las canciones que pretenden asumir un empoderamiento femenino. Las famosas argentinas visten ropas de encaje con tiras que simulan las ataduras típicas del bondage, cuero, hebillas, transparencias para parecer una buena dominatrix. Desde Tini Stoessel hasta Pampita pareciera existir una fascinación por el universo sadomasoquista, como una puerta hacia una exploración sexual desde la ficción del poder.

Esta moda no es novedad. Dentro de los circuitos más disidentes en materia de sexualidad y géneros, el BDSM es desde hace tiempo una moneda corriente. Para los varones gays, dominar a la hora de coger es algo casi rutinario. Pero incluso en el mundo más luminoso de los consumos pop ya lo vimos antes con Britney, Rhianna y con la reina del género en su libro Sex, que recientemente cumplió 30 años y exponía la cultura BDSM como nunca antes. Sin embargo, parece que ahora todo el mundo quiere un espacio entre las sombras.

¿Estamos ante una explosión de deseos y libertades, o solamente ante el último grito de la moda sexual cool? ¿Hay empoderamiento femenino, o solamente cosificación masiva? ¿Cómo se vive en el mundo real, por fuera de los escenarios, las pasarelas y los videoclips? ¿Cómo lo vivimos las disidencias sexuales o las mujeres?

No nos malinterpreten: nos encanta Lali, y si decidimos escribir a cuatro manos sobre BDSM es porque algo de los azotes siempre nos gustó. Tampoco queremos mirar con condescendencia a lxs más jóvenes, con esa sonrisa vegestoria de quien “ya estuvo ahí”. Nada de “Yo hago BDSM desde Cemento”, solamente ganas de parar la pelota y pensar, aunque con ello tengamos que ser los aguafiestas del momento.

Creemos que ante este crescendo del BDSM es importante hacer algo muy pasado de moda: interrogar a nuestros placeres. Por demasiado tiempo la campana progresista dijo que los placeres son un campo de invención, que allí no hay nada por descubrir. Un asunto de política y no de explicación, Foucault dixit. Pero Foucault no vivió la era de las pantallas, el consumismo inmediato y la hiper-sexualización de nuestras existencias. Entonces, las respuestas elaboradas hace cuarenta años, ¿siguen valiendo? ¿Cuáles son los riesgos para lxs que buscan adentrarse en estas prácticas? ¿Son los mismos para todxs, o las mujeres tienen un lugar particular?

Una subcultura con historia propia

Hagamos un poco de historia: el término BDSM (Bondage, disciplina, dominación, sadismo y masoquismo) refiere a un conjunto de prácticas que escenifican violencia de manera consensuada para buscar placer. Apareció por primera vez en 1983, en el libro BDSM estudios sobre la dominación y la sumisión, del sociólogo Thomas Weimberg.

Esto, por supuesto, no quiere decir que el conjunto de prácticas que lo integran, como el juego de roles, los golpes, el spanking (arte de azotar), el Shibari (la inmovilización total del cuerpo del otro por medio de sogas y ataduras), las prácticas de humillación o de mindfucking (dominación psicológica), la lluvia dorada, o incluso la utilización de objetos quirúrgicos o incendiarios hayan sido inventadas o nombradas a partir de la década de los 80. Basta ver la literatura del Marqués de Sade, o La venus de las pieles de Sacher Masoch para dar cuenta del archivo de largo alcance que integra el mundo de los placeres vehiculizados por formas de «violencia».

En América Latina, el surgimiento de la cultura BDSM se vincula con la restitución democrática y la reconstrucción de un lazo social vapuleado por dictaduras militares. San Pablo y la Ciudad de Buenos Aires fueron los dos focos principales de la irrupción. En los años 80, la búsqueda de compañerxs con los que entablar vínculos sadomasoquistas se fue consolidando a partir de chats telefónicos, o espacios como «Contactos SM», como muestra la novela de Pablo Pérez El mendigo chupapijas, pero siempre desde un lugar abyecto, oculto.

Con el cambio de milenio y la aparición de internet surgieron foros donde el contacto se volvió más veloz y se aceitó el espacio de discusión. La antropóloga Maru Marcet señala que el anonimato que internet garantizaba fue el impulso clave para promover espacios virtuales de intercambio. Así, se fueron configurando espacios como «Círculo BDSM», «Aldea Sado» y «Mazmo», el foro BDSM más popular en Argentina, inaugurado en 2006 y vigente aún hoy día.

También aparecieron espacios físicos de encuentro, donde la fantasía salió del posteo y la conversación, y pasó a concretarse. Estos lugares sirvieron también como oportunidades para socializar e intercambiar experiencias. «La casona del Sado», en Almagro, era anfitriona de eventos y talleres; Kadú se consolidó como el único bar leather de latinoamérica. También supo existir el «Club BDSM», y entre el año 2012 y 2013, el foro Mazmo pudo sostener un espacio físico donde llevar adelante eventos. Después de su clausura, existieron encuentros en el «El Celta» un bar notable que recibía en el subsuelo practicantes de BDSM, que comenzaron a llamarlo «El Celda».

Estos espacios se lograron consolidar a partir de trazar ciertos cuidados y principios que regulen la convivencia. La idea de SSC (Safe, sensate and consensual, traducido usualmente como “sano, seguro y consensuado”) es un pilar sobre el que se considera que los vínculos BDSM deberían sostenerse. Ahora bien, saliendo de estos nichos donde las discusiones circulan, ¿se sostienen estos principios? ¿Cómo se construye consciencia sobre los riesgos de estas prácticas? ¿Se encausa la fascinación por el cuero y la violencia en un conjunto de prácticas seguras?

Post-pandemia, masificación, riesgo

Un estudio de junio del año 2020, realizado sobre 1559 adultos, más de la mitad de ellos heterosexuales, mostró que con la pandemia aumentaron las prácticas sexuales “no convencionales”, entre ellas, el BDSM. Llamativamente, su explosión coincide con un intento de restituir el mundo después de la pandemia, casi como un espejo de la post-dictadura que gestó los primeros espacios BDSM. Ante la catástrofe… ¿sale spankeo y lluvia dorada?

En efecto, en la “post-pandemia” que nos encontramos atravesando, y que aún no terminamos de comprender, los escenarios para llevar adelante prácticas BDSM han ampliado sus marcos. Sigue habiendo espacios más de nicho, como @crusados.lp y @somos.pilf, dos perfiles que difunden por redes sociales distintos tipos de actividades autogestionadas. Pero también, al menos en Buenos Aires, hay fiestas masivas como Fagot y Durx.

¿Qué lugar le damos al riesgo en esos espacios? ¿Lo hemos hablado lo suficiente? Conversando con Fa, el organizador de Fagot, nos dijo que al comienzo miraba con algo de aprehensión la presencia de mujeres en la fiesta. ¿Y si les pasa algo? ¿Cómo puede él desde la organización garantizar su seguridad? En los hechos, la mayoría de las mujeres asisten acompañadas a estos lugares. Quizás la falta de prejuicios debido a la masificación que venimos señalando hace que al menos se le pueda pedir a una amiga que te acompañe, algo impensado años atrás.

Pero la cantidad de mujeres que se acercan sin la protección de unx compañerx son escasas, sino nulas, y por lo general son personas jóvenes con muy poca experiencia en cualquier tipo de práctica sexual. Esto evidencia que exponer el cuerpo a este tipo de goce no es algo que podamos hacer de forma liviana. Y no es solo el riesgo vital del propio cuerpo. Cuando pensamos en riesgo incluímos también los otros riesgos que existen en el tipo de vínculos que se construyen a partir de los roles de amx/esclavx que son difíciles de discernir por fuera del ámbito erótico.

Si ya tener una cita por Tinder con un desconocido es un riesgo, tanto más lo es sesionar y acordar humillaciones y prácticas violentas con alguien que no sabemos hasta dónde puede respetar el pacto. La diferencia de experiencia entre mujeres y varones gays ahí es abismal: cita de Tinder en lugar público, charla por Grindr donde se arregla para ir a hacerse ahorcar por un desconocido a su casa. Evidentemente, BDSM se dice de muchas maneras.

Quienes tienen experiencia en estas prácticas lo saben. Y después del Ni una menos incluso el universo sadomasoquista tuvo que reajustar su forma de ejercer las prácticas. Testimonio de eso es que tanto en los antros antiguos como en los sites especializados aparecieron figuras que podríamos llamar “pilares de consulta”, que funcionan como madrinas protectoras que advierten a las nuevas participantes de los peligros a los que se exponen; desde recomendaciones sobre cómo iniciarse hasta con quién. Las que ya participan de estos eventos desde hace mucho tiempo reconocen que el circuito es, en realidad, muy pequeño y como en todo circuito pequeño las listas negras (que existen) son fáciles de armar.

Pero en lugares tan mainstream, donde la curiosidad avanza sin freno, es más difícil evitar la exposición al riesgo. La línea entre la humillación por goce y la humillación por sostener el goce del otro se vuelve muy fina. De ahí cierta incomodidad con las cincuenta mil personas que corean Disciplina. ¿Cómo masificar los cuidados y mecanismos construídos por el nicho a este público amplio deseoso de ponerse botas y gorras de cuero?

Consumo esteticista: ¿Blackwashing?

El BDSM como mundillo está desapareciendo. Parece que en el siglo XXI ya no quedan vainillas. ¿Se volvió cool practicar BDSM? ¿Estamos ante un fenómeno de hegemonización, de captura por parte del mainstream, como sucedió en parte con los feminismos, o la diversidad sexual? Al respecto, Maru Marcet refuerza: “Yo creo que hubo una masificación del consumo de BDSM, pero eso viene de antes de la pandemia. El impacto mayor, nos guste más o menos, tuvo que ver con el bestseller 50 sombras de Grey. He visto maestras de escuela re calientes leyendo el libro, fascinadas”.

En base a los eventos donde ha participado y distintas discusiones que tuvo, considera que esta masificación de la que hablamos se da “principalmente en una cuestión estética. Hay un consumo más esteticista pero no sé si de un interés de habitar un rol o una identidad bdsemera, con todas las comillas que eso implica. En algún punto es un consumo medio edulcorado. En definitiva, cuando te encontrás con gente para sesionar, seguimos siendo los mismos de siempre”

No queremos ir tan lejos como para hablar de Blackwashing, pero es cierto que el BDSM ha perdido el aspecto abyecto que tenía hace unos años, al menos en su aspecto estético, si coincidimos con Maru. Quizás la fiesta Fagot sea testimonio de eso. De hecho, la fiesta en sí jamás se propuso estrictamente como un espacio BDSM. “Es una fiesta de fetiches” nos dijo Fa, “Lo que buscamos es abrir el juego, y luego, cada quien hace la suya. Es un espacio donde se mezcla la fiesta, la droga, la perfo, y la práctica específica de BDSM, para los que tienen ganas de explorarla”. El consumo esteticista está disponible, y la puerta a quien quiere aventurarse más allá, también.

Este año, en paralelo con la fiesta, Fa organizó un festival con charlas y debates donde participaron espacios como RAJAP (Red argentina de jóvenes y adolescentes positivos) o Antroposex, un colectivo de antropólogxs que se dedica hace año a estudiar estas cuestiones. Fa confirma lo que ya imaginé: “El festival tuvo un público aún más amplio, Muchas chicas cis, trans, pibxs no binaries. Y también pakis”.

Pero el auge por este tipo de espacios y consumos no salda todas las discusiones. Como sucede con otras movidas abyectas que se vuelven tendencia, esto no implica la desaparición de las problemáticas reales. Sabemos que el boom del feminismo no generó espontáneamente igualdad entre los géneros. Del mismo modo, hoy en día el «Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales» (DSM en inglés) publicado por la APA (American Psychiatric Asociation) sigue considerando las prácticas de «sadismo y masoquismo sexual» dentro de las «parafilias» como la pedofilia o el vouyerismo. O sea, para cierto estándar médico, el BDSM se aleja de un supuesta sanidad o normalidad psico-sexual que, en el argot, llamamos “vainilla”.

De modo que aún quedan disputas teóricas e ideológicas a dar, y por delante se abre la tarea de pensar los riesgos y cuidados a construir para públicos más amplios y diversos. Si cincuenta mil personas corean fascinadas la letra de “Disciplina”, podemos afirmar que el consumo por los aspectos estéticos del BDSM está en auge, pero no así el contacto con las discusiones que suscita, y los circuitos que existen para conversar y construir marcos de cuidado. Quizás nuestro espíritu aguafiestas busque solamente eso: poner sobre la mesa la existencia de todas las tradiciones, debates y principios que nos atraviesan cada vez que nos calzamos unos borcegos de cuero.

* Esta publicación fue posible gracias una co-produción de Tierra Roja con Agenda Feminista.

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